Sin saberlo, me enseñaste tanto del amor…
cómo empieza en silencio
y cómo también puede doler al terminar.
Me enseñaste a vivirlo pleno,
en ese equilibrio invisible
que se crea cuando dos almas se encuentran de verdad.
Aprendí tus formas,
tus ritmos suaves,
la manera en que tu presencia se siente
más allá de cualquier palabra.
Aprendí a descubrirte con calma,
a leerte en cada gesto,
en cada pausa,
en cada caricia que decía más que mil frases.
Como el sol que abriga sin quemar,
así eras:
intensa y delicada a la vez,
capaz de volver ardiente la noche
sin perder la ternura.
Fuiste una experiencia fina,
profunda,
de esas que no siguen reglas
y aun así ordenan el corazón.
Mil formas de sentir,
de aprender,
de vibrar distinto…
poniendo en jaque mis certezas
y enseñándole a mi alma
que el amor verdadero
no siempre grita,
a veces susurra
y transforma para siempre.

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