Conté mis años…
y entendí que me quedan menos por vivir que los que ya viví.
Me siento como ese niño
al que le regalaron un paquete de dulces:
al principio los devoré sin pensar,
con ansiedad, con prisa…
pero cuando descubrí que quedaban pocos,
empecé a saborearlos de verdad.
Hoy mi alma tiene prisa.
Ya no tengo tiempo
para lidiar con envidias,
con mediocridades,
con gente que vive de apariencias
y vacía por dentro.
Quiero rodearme de quienes
tocan el corazón sin lastimar,
de quienes no juzgan errores
ni se engrandecen con sus logros,
de quienes suman,
de quienes sienten.
Mi alma tiene prisa…
prisa por vivir lo esencial,
por reír sin culpa,
por amar sin miedo,
por elegir lo que me hace bien.
No quiero llegar al final
con la sensación de haber dejado cosas sin sentir.
No pienso desperdiciar
ni uno solo de los “dulces” que me quedan,
porque entendí algo simple y profundo:
Todos tenemos dos vidas…
y la segunda empieza
cuando nos damos cuenta
de que solo tenemos una…

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