El mejor regalo que alguien puede darte
no viene envuelto.
No pesa,
no brilla,
no cuesta dinero.
Es la atención.
Es que alguien te mire
mientras hablás,
que recuerde lo que te duele,
lo que te ilusiona,
o aquello que dijiste una tarde cualquiera
sin imaginar que para alguien
iba a ser importante.
El mejor regalo
es que te pregunten cómo estás
y realmente quieran escuchar la respuesta.
Es no sentirte una notificación más
en medio del ruido y las distracciones.
Porque hay personas
que dan regalos caros
pero nunca regalan cinco minutos sinceros.
Y hay otras
que llegan con las manos vacías…
pero te escuchan,
te miran,
se quedan.
Y entonces entendés
que no te falta nada más.
Que a veces,
la presencia correcta
vale más que cualquier cosa material.
Y con eso lo tienes todo más que suficiente…

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